El Espejo
Presentación
FIL Guadalajara, México.
1 de diciembre 2007.



Buenas tardes. Gracias por su presencia.

Somos seres acústicos.
El Espejo refleja esta esencia.

Debemos concentrarnos sobre la escucha para volvernos la escucha. Entonces nos damos cuenta que esta
escucha no es permanente, que sus formas cambian para transformarse en una experiencia topológica.
Buscamos así situarnos en el futuro de la audición, en el futuro de la percepción (Maurice Merleau-Ponty,
2000).

La posición de nuestro cuerpo en el espacio es importante para la audición y la apreciación musicales. Nos
damos cuenta que la información espacial influencia nuestra percepción musical cuando realmente prestamos
atención a la música. Al menos que se trate de una escucha atenta, nos importa poco saber dónde disponemos
nuestro cuerpo con respecto a la fuente sonora. Si buscamos esta fuente, es la colaboración del oído y de la
vista quien será nuestra guía demostrando que la estimulación cambia con nuestro movimiento.


Siendo consciente de mi cuerpo, soy consciente de mí mismo – lo inverso no se produce forzosamente. Puedo
ser consciente de mí sin serlo de mi cuerpo. Mi cuerpo es el objeto de mi voluntad y yo mismo soy el objeto de
mi pensamiento. En ese momento, cuando mi voluntad actúa, mi cuerpo es la encarnación de mi Yo. Mi
voluntad mueve este cuerpo que es una encarnación de mí mismo. Como puedo mover mi cuerpo y situarlo en
diferentes lugares, mi cuerpo no es un espejo de mí mismo sino que representa posibles estados de mí mismo.

Así el espacio musicalizado es una infinidad de posibles.

Lo interesante es que una vez en contacto con el sonido, éste nos engloba, su capa nos envuelve mientras que
su contenido nos penetra. Es entonces como si comprendiéramos la música con nuestro cuerpo en su conjunto,
incluso si ésta parece orientarse exclusivamente según las órdenes de la vista y del oído.


A decir verdad no nos concebimos como un objeto sino más bien como un conjunto perceptivo, como un motor
también, un motor que va a dirigir la dirección de la música cuando los músicos tocan y que parece prepararle
el terreno. Si la música está en nosotros, somos el imán que la atrae. Somos un imán, no es que seamos el
centro del universo que circula alrededor de nosotros para nuestro placer, sino que somos un imán en el
sentido de ser un centro de atracción, un imán en movimiento porque nuestra percepción es movimiento.

Nos situamos para atraer mejor la música; la percepción es una atracción – vampirizamos la música.
Entramos en competencia con los oídos de los otros. Así nos posicionamos también con respecto al oído del
otro.

El pensamiento auditivo y el pensamiento visual se unen.


La alteridad

No podemos concebir nuestra conciencia sin el Otro, la alteridad significa el contacto inmediato con la
conciencia del otro.

¿Debe la música hacer resaltar al otro?

¿Debe ser el reflejo del otro?  

a Conciencia está naturalmente abierta; esta apertura es la condición de la alteridad. El reconocimiento del
Otro permite al Sí mismo constituirse como tal. Nuestro comportamiento está basado siempre sobre el Otro.
La alteridad se manifiesta en un ambiente construido por la conciencia y sería interesante investigar las bases
neuronales de su manifestación.

Propongo distinguir dos niveles de alteridad.



La alteridad exterior

Veamos primero lo que llamaría la alteridad exterior, la que viene de afuera, del otro.  Con el aceleramiento
del desarrollo de las tecnologías el ser monolítico ha desaparecido, dando paso al ser pluridimensional cuya
identidad precaria es constantemente renovada, un ser cuyas emociones se modifican continuamente. Aparece
una subjetividad fragmentada. Estas modificaciones se manifiestan en el acto de la composición musical, en el
de la interpretación y en el de la escucha. La racionalidad depende de nuestras emociones; tenemos pues,
actualmente, varias racionalidades; o, más bien, racionalidades cambiantes. Esta gran variedad de
racionalidades representa un desafío mayor para la tolerancia.


Aunque seamos íntimos con nuestras experiencias y aunque la conciencia musical se exprese en primera
persona, éstas pueden ser habitadas por significados formulados por otros. El Otro está en nosotros, él se
presenta a nuestra conciencia; su voluntad, tenue, está en nosotros. La alteridad es aquí como una danza
seductora. El Otro puede también modelar nuestra conciencia musical, que comprende entonces varios
matices. Decimos que el Otro, presente en la composición musical, se manifiesta ante nosotros en el acto de
la escucha. La obra musical es pues un ser colectivo.


La composición musical está destinada al Otro, a los Otros y, después de este paso, por el Otro, por los Otros
regresa a su autor que lo recibe nuevamente.

El compositor no está todavía, está por-venir y será sólo después de este paso obligatorio. La música es
intencional porque está orientada hacia la conciencia musical de un público. Hacia un otro. Basada en el
intercambio, la música es filosofía de la acción.

La música es el Otro en común. El Otro escuchado se vuelve el Sí mismo que escucha. Al escuchar música, en
este encuentro con el Otro, salimos del anonimato para volvernos nosotros mismos y al mismo tiempo el otro
se convierte para mí en posible. Frente a la presencia del Otro, el Uno no renuncia. La música es el Otro en
común; por un efecto de empatía el público absorbe al Otro. Absorber no implica la disolución, al contrario, el
Uno y el Otro co-existen. El Uno es pasivo en el sentido de que acoge. El Otro no llega a ser el todo del Uno.
Una política de intercambio, de reciprocidad se instala. El Otro que ha sido escuchado se vuelve el Uno que
escucha.

Paul Ricoeur subraya que el Otro es el desconocido, la otra parte absoluta con el cual, juntos, no tenemos
nada qué hacer. ¿Cómo entonces construir un mundo común para un encuentro? -se preguntaba el filósofo-.
La dificultad máxima es producir un ser común. La música sería una respuesta posible a este problema; es el
mejor medio de vivir la experiencia de la diferencia y así del otro. Al escuchar música doy un sentido a otro
que no soy yo. comunidad. El ser común es la comunidad, una comunidad de fragmentos variados y diferentes
unidos por estar separados.  

La música entonces sale del Uno para ir hacia el Otro y esta relación con el otro es el tiempo. El tiempo
permite así una coexistencia pacífica, una fusión de horizontes diría Gadamer. El Otro se desliza en el Uno y,
después de la coexistencia, lo libera, se liberan recíprocamente. La música permite al Otro instalarse y cuando
la escuchamos, el Otro se despliega. Nosotros estamos próximos del otro; hay lo que Emmanuel Levinas
llama, en su libro De otro modo de ser o más allá de la esencia, un compromiso de acercarse.
                                                                                                                                                                         
                                                                                                                                                                          
                                                                                                                                                                         
La alteridad interior

Frente a la alteridad exterior encontramos también una alteridad interior. Para captarla bien, podemos aquí
mencionar las enseñanzas de dos filósofos de la corriente hermeneútica europea: el alemán Hans-Georg
Gadamer y el francés Paul Ricoeur. Los dos sugieren cómo este diálogo puede instaurarse sobre la base del
deseo de mostración inherente a la obra. Cuando la música nos ayuda a situarnos en el mundo, su escucha
permite una apertura al diálogo con nosotros mismos.

La hermenéutica de Gadamer propone el diálogo como método o como camino desde el cual la alteridad se
desvela, se desoculta, el diálogo como encuentro con la alteridad. Para Gadamer el diálogo es la metáfora de la
ejecución, la actualización, la re-presentación, la lectura. La obra de arte y, en este caso la música que
escuchamos, es considerada como alteridad.

La música nos presenta un desafío: ser comprendida e interpretada. Debemos responder a este desafío
acercándonos a ella y estableciendo un diálogo. No será un diálogo neutro ya que precisa cuestionar
constantemente a la música, volverla a cuestionar por medio de la apreciación, la tradición a la cual
pertenece. Así la música nos proyecta dentro de un tiempo y un espacio dialogal donde se reúnen el
compositor y el público.

Gadamer precisa que todo reconocimiento es la experiencia de un crecimiento en la familiaridad; y todas
nuestras experiencias del mundo son, en última instancia, formas con las cuales construimos una familiaridad
con el mundo. Evocando su lenguaje, Gadamer habla de « la indisoluble unidad de oír y entender… Si falta esa
unidad no se entiende» y entonces el sujeto se confronta a sí mismo.

No somos infalibles y la interpretación de las experiencias por medio del discurso puede desembocar en la
formulación de propósitos que no reflejan verazmente dichas experiencias.  Aquí se da el punto de encuentro
entre la experiencia y la interpretación que es importante. Este punto, esta narración ideal, puede ser
alcanzada si se respetan a la vez el carácter dinámico de la experiencia y de la interpretación. Este respeto nos
compromete igualmente a efectuar un examen de la temporalidad de la auto-narración.

Cada obra musical tiene una identidad; al paso del tiempo, la obra es enriquecida por las diversas
interpretaciones dadas por los músicos, con ello conservan viva la obra y así, su identidad. Lo mismo pasa con
la experiencia musical que es cambiante, dinámica; sus horizontes son movibles. Si la obra musical escuchada
representa la identidad, las diferentes experiencias vividas de la escucha representan lo que Ricoeur llama la
ipseidad. Relatar esa experiencia no puede ser pues un acto estático; lo que diga un individuo nunca será
definitivo, es su alteridad interior cambiante.

La hermenéutica permite acrecentar la sensibilidad, el grado de atención al escuchar la música y así, vivir
plenamente nuestras emociones. Podemos comprender mejor nuestras reacciones y respuestas emocionales
hacía la música y ver cómo esas emociones participan en la conciencia musical. Así contribuimos a construir
una realidad musical.  De esta forma comprendemos que escuchar música es tener en cuenta la alteridad
cultural. El sujeto reflexiona y se reflexiona. Sin embargo, no es cierto que pueda comprender el sentido
(sentido/dirección) de estas dos reflexiones (reflexión/reflejo).